Interesante reflexión sobre la práctica de Karate-do visto desde la mirada de quien se inicia en este camino. Quienes lo practicamos hemos tenido esas sensaciones, que nos han hecho dudar y sentirnos extraños. Todo el texto es de importancia, pero resalto el primer mensaje sobre el cambio de actitud y la frase final sobre la evolución para ser mejor persona cada día.

Que disfruten de la lectura!.

El Karate-do no busca vencer, si no convencer al enemigo y cambiar esa actitud agresiva. No voy a hablar de la naturaleza del Karate-do, pues al ser un mero principiante no tengo el conocimiento suficiente, pero si puedo haceros participes de las sensaciones y emociones primeras de mi pequeña aventura en el inicio de este arte.

El día que empecé aun teniendo muy claro que quería cambiar mi camino en las artes marciales, y el Karate-do era lo que yo deseaba, y no me equivoque, tras haberme puesto la indumentaria pertinente un batallón de dudas asaltaron mi cabeza. Dudas que se multiplicaron al entrar al tatami. Respire por primera vez la autenticidad de un arte marcial en su concepto más puro, el ceremonial del saludo, un calentamiento suave, relajado. Se respiraba calma, pero me sentía algo inquieto al no saber que me deparaba en esa hora de clase.

Tras haber finalizado el calentamiento, el profesor, mi profesor, empezó a mover sus brazos, desplazarse por el tatami y a pronunciar unos sonidos o palabras acompañados por movimientos que jamás había visto antes, y que todo el grupo realizaba al unísono. Me sentía desconcertado. No sabia que pensar, me sentía… ridículo. Era una situación irrisoria, haciendo esas posiciones. Miraba a todos los alumnos y todos estaban en un perfecto estado de ausencia, no se percataban de mi falta de atención.

Empecé a tomar conciencia de la situación y me sentí tremendamente ridículo. Sonrojado y fuera de lugar intente concentrarme, pero era imposible, me preguntaba que estarían sintiendo los demás. Bueno, sólo me quedaba canalizar esa impotencia y exteriorizarla, me puse a reír, me tapaba la boca con la mano en un vano intento por disimular, y me repetía constantemente a mi mismo que aquella gente estaba loca, sonada, incluso pensé en marcharme. Nadie se percato de mis risas.

Pasamos a la clase, la técnica, no me enteré de nada, era tan diferente a todo lo que había practicado hasta entonces, cuando salí de la clase mi cuerpo estaba relajado y mi mente confusa planteándome no volver, no porque no me hubiera gustado si no simplemente porque era lo contrario a lo que me habían enseñado hasta entonces y sin embargo al mismo tiempo sentí algo innato en mi, una extraña sensación de que no me había equivocado de puerta. Dos días después volví a practicar, y se repitió la experiencia, volví a salir algo confuso y así la semana siguiente y la siguiente… ahora la diferencia estriba en que ya no salgo confundido todas las veces; ahora se que el Karate-do formara parte de mi vida siempre, ayudándome a evolucionar como persona, mejorándome día a día.

Fuente: https://www.facebook.com/karateBCN/

Autor: Un estudiante anónimo…

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